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Desde lo femenino.


Habiendo ya dejado más o menos claros algunos conceptos más abstractos acerca de lo femenino y lo masculino como principios, en otros escritos (Algunas reflexiones…), quisiera adentrarme ahora en una investigación   más concreta y más trillada, el famoso tema de peluquería y revista “Para ti”: los hombres y las mujeres, las mujeres y los hombres.
De todas maneras, me parece fundamental, para que esto no sea una reproducción literal de la charla de peluquería, no perder de vista el contexto que nos ubica a todos, hombres y mujeres, como meros representantes en el plano físico-terrestre de los dos principios fundantes de la Creatividad de la Vida.
Principio femenino. Mujer. Madre. Receptividad, apertura, simbiosis, vagina, útero, cueva, copa, cuenco,  flor, agua, tierra, luna, emoción, sentimiento, toda forma hueca como matriz, toda forma con tendencia a cerrar, oxcitocina…
Principio masculino. Hombre. Padre. Acción, penetración, discriminación, pene, espermatozoide, lanza, espada, aire, fuego, sol, mente, razón, toda forma punzante, toda forma con tendencia a dar salida, testosterona…
Una vez más, no nos dejemos engañar, el hecho de que necesariamente exista un recorte diferenciante no implica que uno y otro principio no estén indefectiblemente imbricados. Son el uno del otro, la otra cara de la moneda, es decir, pensemos en polaridades. Mientras hable de la vivencia femenina (la única de la que puedo hablar con algún grado de certeza desde mi posición en el mundo) queda implícita la vivencia masculina complementaria. En el adentro y en el afuera.
Sucintamente, pero dejándolo dicho para que no se nos escape, hablar de hombres y mujeres concretos vinculándose es, a la vez, hablar de un diálogo interno en cada uno de nosotros, es hablar del vínculo animus-ánima (conceptos jungianos), de cuán integrados, o no, estén ambos principios en el psiquismo de un ser humano.
A inicios del siglo XXI, estamos en un momento de, pareciera, integración de polos, hibridación, etc. lo cual implica un momento de transición, transformación, etc. en los vínculos. Y estamos perdidos. Se nos hace difícil. Los viejos patrones ya no sirven, los nuevos están en proceso de constitución, en nuestros cuerpos, en nuestras mentes, con nuestros cuerpos y nuestras mentes.
Será que lo que está sucediendo en la humanidad es análogo a dos galaxias colisionando. Será que los roles no son tan lineales y complementarios en el plano concreto hoy en día. Será que estamos a las puertas de un nuevo orden de cosas para lo cual tenemos que estar dispuestos a morir al orden viejo.
Las diferencias visibles en el plano físico, de los vínculos concretos entre personas, ya no respetan la linealidad de los dos principios opuestos y complementarios en estado puro. Es más complicado porque, claro, hablamos de principios, entonces un hombre es un ser que lleva en sí un principio femenino y uno masculino y una mujer es un ser que lleva en sí un principio femenino y uno masculino…Volvamos al contexto, principios, no hombres y mujeres. Primera falacia.
Entonces, repito, no estaremos hablando de hombres y mujeres considerando que cada uno es representante de uno de los dos principios de la Creatividad, es más complejo que eso…
La creatividad y la evolución complejizaron la cuestión. Los roles no están tan diferenciados, no son exactamente opuestos y complementarios. Las mujeres comenzamos a desarrollar el principio masculino interno que es en parte constitutivo. Los hombres comenzamos a desarrollar el principio femenino interno que es en parte constitutivo. Cuando un hombre y una mujer reales se encuentran se encuentran cuatro modalidades de principios femenino-masculino.
Sin embargo y más allá de esto, el único lugar “real” desde el cual puedo hacer una investigación después de todo, es mi cuerpo, esto es, una mujer terrestre en estado de conciencia durante principios del siglo XXI. Me toca bailar en este momento de la evolución de la especie como representante del principio femenino…y que se puede decir de eso…veremos.

Algo más acerca de la histeria femenina.
Mujeres terrícolas de principios del siglo XXI. Nos venimos preguntando una y otra vez, en la peluquería y en el mate con amigas los domingos por la tarde “¿Por qué son así los hombres?”. Pregunta que es prologada por una serie de infinitas quejas acerca de sus fobias, su miedo a perder la libertad, sus dificultades con el compromiso, su poca colaboración en el hogar y el cuidado de los niños, su incesante búsqueda de otras mujeres, sus miradas desviadas hacia otros culos mientras les hablamos, sus dificultades para hablar de lo que sienten, su falta de sensibilidad ante nuestras necesidades afectivas... Otras, tal vez las que parecen ser más masculinas en apariencia, podrán quejarse de sus celos, su control y posesividad, su intento de dominio, su poca solvencia, su inmadurez, su actitud de hijo eterno, el vínculo del cristiano con su madre: La suegra!! Y más o menos, sean libres de agregar lo que aparezca en sus mentes, estas son las cuestiones.
Ahora, si tenemos en cuenta el contexto del cual venimos hablando, no podemos ser tan unilaterales. Tenemos que incluirnos e implicarnos en el cuestionamiento y replantear la pregunta de las chicas de la peluquería. Finalmente entonces, nos terminamos preguntando: “¿Por qué es tan difícil el encuentro entre hombres y mujeres? ¿Por qué (contextualicemos una vez más) en el planeta Tierra a principios del siglo XXI, el vínculo entre estos dos principios complementarios se hace tan complejo? Doloroso incluso…
Desde otros escritos ya (ver “Humanidad: manifestación y vehículo del Amor”) me vengo preguntando  por qué es tan difícil el encuentro entre humanos, sin discriminar género. Hablé de neurosis-burbuja-coraza como modalidad que refuerza el yo separado y que vela la vincularidad como fundamento.
Entre las neurosis (burbujas, corazas) que allí se mencionan, no desarrollé algo que me propongo investigar un poco aquí: La histeria.
La histeria viene siendo considerada una posición subjetiva (el concepto de posición subjetiva es más amplio que el de psicopatología e implica una modalidad de ubicarse con respecto al deseo organizando una determinada trama vincular alrededor) básicamente femenina.
Sintéticamente podríamos decir, desde los desarrollos de Lacan, que esta posición subjetiva (burbuja-coraza del yo) se organiza  a partir de una pregunta acerca de “la otra” mujer. Es decir, nos encontramos con una mujer que no se dirige en el plano del deseo hacia el hombre como objeto erótico (carácter genital), sino que “sigue” enganchada a otra mujer para darse un lugar o, podríamos decir, para darse una determinada identidad. La pregunta del yo acerca de quién es, “¿quién soy?”, es respondida a través de una comparación con otra mujer: “Soy lo que ella no es” o “Soy como ella” (plano especular-imaginario del yo). El hombre, como objeto de deseo erótico, sería una mera excusa para establecer la contienda con la otra.
¿Qué lejos del amor, no? Eso es lo doloroso con lo que nos encontramos cada día en los vínculos.  Qué lejos de que el otro sea un sujeto, par, con quien puedo encontrarme para evolucionar y crecer (tanto el otro como la otra eh). Claro, el tema es que en esta ecuación, yo misma, mujer, soy un objeto porque si no, no sé que qué soy. Seguimos en el mundo de los objetos, o sea, en el mundo del dominio-control/sumisión. El mundo cerrado del yo.
Desde este orden de cosas, el de la neurosis, imposible responder creativamente a la pregunta de la peluquería.
¿Entonces? Entonces intentaré desentrañar los recovecos de esta burbuja neurótica. De nada vale que nos llenemos la boca de pancartas idealistas acerca del amor y el encuentro si no nos enfrentamos antes con las armaduras de las que estamos hechos para evitar el pánico yoico de sabernos vínculos.
Primero lo primero. Curarnos de nuestra linda neurosis, que, mal que mal, nos trajo hasta aquí muchachos. O muchachas debería decir hoy, parafraseando a una vieja amiga mediática que nos mandaba a hacernos el Papanicolaou (se me cayó una sota, no?).
Entonces voy a arrancar por el principio e investigar cómo el lado femenino de la humanidad ha ido desarrollando una modalidad de funcionamiento que, mujeres del siglo XXI, llevamos impresa en las células, en las imágenes y sonidos que constituyen nuestros inconscientes personales, en los discursos, de palabras, pero más que nada de gestos sutiles, que se reproducen desde los primeros tiempos en lo inconciente colectivo.
Un poco de filogénesis.



Memorias de una hembra mamífera.
Hagamos el ejercicio de pensarnos en aquel estadío de la evolución de la especie en el cual éramos seres menos complejos y en tanto tales, más fieles al principio puro.
Sociedad primitiva (o manada de mamíferos).
Las mujeres reunidas, juntas, en la caverna, cocinando, amamantando, pariendo y comenzando a desarrollar algo así como conversaciones, cantos…
Mientras tanto, los hombres afuera, cazando. En grupo, estudiando el terreno, calculando dimensiones y tiempos para efectivizar la caza. Corriendo, desplazándose, explorando, yendo más allá de los confines de la caverna para conseguir comida…
Comida para que cocinen las mujeres, para alimentar a los niños, último eslabón de la red creativa de esa sociedad.
Hombres y mujeres en colaboración, en cooperación, en creación (que siempre es co-creación… ¿para que inventaron esa palabra? Como si la creación pudiera ser un acto solitario…) de un grupo, sociedad, red.
Los principios estaban allí bien diferenciados.
Y las modalidades primitivas están impresas en la memoria. Toda mujer del siglo XXI posee dentro (o es poseída por) una mujer de las cavernas.
Todo hombre del siglo XXI posee dentro (o es poseído por) un Neanderthal cazador.
¿Entonces, qué nos pasa hoy cuando nos encontramos?
Voy a tratar de pensarlo haciendo un inevitable recorte. Soy mujer. Y voy a hablar desde mi experiencia.
Tengo en la memoria, en cada una de mis células, el olor de la caverna. La piel transpirada de mis hermanas, de mis madres, de las hijas. El hollín, el humo, la sangre, la leche…
Tengo el recuerdo del placer de ser iguales, la seguridad y la calma de entendernos con la mirada. La cooperación en las tareas cotidianas, en la defensa de los posibles peligros externos, los animales, las lluvias, la nieve. La preparación del fuego, la cocción del alimento. El abrazo en los momentos difíciles, en los partos: el miedo y la muerte acechando. Los gritos. El llanto.
Tengo la memoria de ser una niña. Jugar libremente corriendo entre las piernas de mis madres. Respirando los aromas de la cueva. Recuerdo las risas de cuando los varones y las mujeres solo éramos niños. Las madres nos reunían para comer.
Tengo la memoria de los cantos, juntas, esperando…
Tengo la memoria de la ansiedad por la llegada de los hombres.
Los hombres, los distintos, llegaban de sus viajes, de su caza. Todo se alborotaba. Las mujeres nerviosas. Los hombres hambrientos. Recuerdo ser pequeña ante sus enormes cuerpos, recuerdo sus voces tronando.
Traían cosas nuevas, desconocidas, fascinantes. Recuerdo la fascinación por descubrir lo que llegaba con ellos. La curiosidad. Los niños, los varones, mis hermanos, los acompañaban a ver las novedades. Nosotras no, las madres nos llamaban a volver cerca del fuego. Era el momento de la cocina.
Ellos traen la comida que nos alimenta.
Y llegan heridos, cansados, necesitan ser recibidos, atendidos, curados… Y no vuelven todos. Los más viejos quedaron en el camino, también los más débiles.
Ellos no son como nosotras, hace mucho que partieron y regresan desde lugares lejanos, lugares que ni siquiera podemos dibujar en nuestra mente.
Son raros, sus movimientos son diferentes a los nuestros, más bruscos, ocupan mucho espacio. Despiertan a los niños con sus vozarrones. Y su olor…es otra cosa. Tengo la memoria de lo fascinante y aterrador que es lo distinto, lo diferente.
Ese ciclo se repitió centenares de veces. Ya no soy una niña. Tengo la memoria de mis pechos cobrando volumen, la sangre corriendo entre mis piernas, como la de ellas. Soy una de ellas. La excitación de la espera es distinta ahora. El miedo ante la llegada es distinto ahora.
Es tan excitante tenerlos de vuelta, con sus relatos de lo que hay más allá de los confines de la caverna…agua, montañas, animales. Hablan de  instrumentos nuevos que fabricaron para la caza, para cruzar las aguas, cosas nuevas, desconocidas…
Y sus cuerpos fuertes, grandes, amplios. Mis hermanos ya son de ellos, ya no se puede jugar, ahora sus diferencias se notan. Miedo y excitación.
Necesidad de estar cerca, ser tomada por esos brazos…pero pueden lastimarnos…son tan distintos. También es cierto que nos darán nuevos. Deseo, miedo. El embarazo trae nuevos, pero también la muerte.
Y ellos llegan y quieren tocarnos, ser atendidos en sus heridas, dormir sobre nuestros vientres. Están excitados, quieren acostarse con nosotras, descargar su carga. ¿Con todas? ¿Con quienes? Somos muchas. Las niñas han crecido. Las más viejas han perdido a sus compañeros y los hombres jóvenes ya no las eligen. ¿Es un privilegio ser elegida?
Ya no soy una niña. Ellos me miran con una mirada extraña. Me excita. Me asusta. Ellas, mis hermanas, mis madres, también tienen una mirada que me asusta. Me empujan a ir hacia el varón pero hay advertencia en sus miradas. Las más viejas miran mis pechos nuevos, que aún no han amamantado, miran el deseo en los ojos del varón. Ellas ya no son elegidas. Han perdido su poder…
Hace tiempo la sangre denunció el poder de mi vientre. Es nuestro deber entregar nuevos al clan. Es el deber de las más jóvenes. Debemos entregarnos a la brutalidad del varón. Pero los nuevos serán nuestros.
Ambivalencia. Nosotras. Ellos.
Cuando uno de ellos nos elije traicionamos a nuestras iguales. Las abandonamos. Abandonamos el calor de la igualdad, la complicidad del trato diario, de compartir juntas las lágrimas y la sangre.
Ellos nos arrancan de nuestro grupo de hermanas. Excitación, miedo.
Son fascinantes, sorprendentes, despiertan la curiosidad y soy una mujer curiosa. Pero son distintos, no los conocemos, son desconocidos.
Pánico de abandonar el calor de las iguales. Pánico a traicionar y ser excluida. Ser elegida por un varón es ser excluida del clan de las mujeres, el clan de todos los días, las compañeras permanentes. Las que están siempre. Con las lágrimas, con la sangre. Con el placer y el erotismo de la igualdad.
Los cuerpos hermanas, los cuerpos madres, sus olores, sus texturas…ellos no entienden el placer de ese contacto. El erotismo escondido en el aliento de las mujeres que somos una sola. Simbiosis. Placer. La sangre corre entre las venas. Los cuerpos húmedos junto al fuego. La leche, la sangre…
Ellos se irán y nosotras quedaremos solas, a la espera otra vez. No podemos traicionarnos, debemos permanecer unidas. No quiero perder el placer de latir al unísono con los cuerpos hermanas-madres. Ellas tampoco. Hay un pacto silencioso entre nosotras.
Te debes a tus hermanas. Somos nosotras las que estaremos cada día acompañándote, somos tus iguales, no olvides este calor. Las consecuencias serían devastadoras. No se puede salir de la caverna y seguir a los distintos, ellos vienen cuando vienen, traen lo que necesitamos y se van…
Entonces sellamos el pacto. Traeremos nuevos. Ellos volverán a irse y estaremos juntas otra vez. Hermanas, iguales.
No teman a mi juventud, no teman a mi fertilidad, no teman al deseo del hombre sobre mi cuerpo. Será usado al servicio de las hermanas. No nos robarán el calor.
Ellos, con toda su fascinante novedad, serán solo un instrumento. Son demasiado diferentes, sus brazos son demasiado fuertes, su furia es demasiado aterradora.
Debemos dejarlos tranquilos, satisfechos, contentos y afuera.
Nunca sabrán del pacto silencioso que nos une en la caverna.
Tengo la memoria de los partos. De un nuevo y otro saliendo de mi vientre.
Tengo la memoria de la leche corriendo por mis pechos y los nuevos alimentándose. De mí, de mi cuerpo. Tengo la memoria de ser alimento.
Los hombres siguen yendo y viniendo. Ya no hay deseo en sus ojos al mirarme. Mis hijos han partido con ellos. Siempre supe que así sería. Son distintos. Siempre lo fueron.
Mis hijas siguen aquí. Ahora son ellas las elegidas.
No tenemos que permitir que las más jóvenes se vayan. Veo la tentación en sus ojos. Esa misma tentación que se encendía en los míos ante la novedad que traían los distintos. Se tientan…tenemos que poder convencerlas y seducirlas. El miedo es nuestro aliado.
El miedo gana la batalla a la curiosidad y el deseo. Tenemos un truco. Nunca sentirás el calor y la unidad que sientes con las madres y las hermanas. Ellos siguen teniendo algo que necesitamos, pero podemos tenerlo sin perder nuestro calor. Sin romper nuestro pacto. Sabemos cómo conseguirlo, apropiarnos de ello y desecharlos, para que no rompan nuestra unión, no queremos conflictos entre nosotras. Somos lo único seguro que tenemos, a nosotras mismas cuidando de nosotras mismas.
Podemos conseguir lo que necesitamos porque… son tan débiles. Sucumben ante el calor de nuestras piernas rodeando sus caderas. El poder del sexo es nuestro. Podemos hacer que se queden para que ayuden con los nuevos. Para que nos defiendan de las fieras desconocidas. El poder del sexo puede hacer que se queden. Pero que se queden por fuera.
Tenemos el poder del sexo.
Tenemos el poder del vientre.
Nos temen. Tanto como nosotras les tememos.
No entienden el misterio de nuestros vientres.
No entienden el control en nuestro sexo.
Como nosotras no entendemos su fuerza, su capacidad para vivir allí, fuera de la cueva, bajo el cielo abierto y aterrador y entre las fieras salvajes y asesinas. Como no entendemos sus lanzas y sus flechas. Tememos a sus manos que pueden destrozarnos la garganta. Tenemos que engañarlos. Seducirlos, convencerlos…debemos mantenerlos satisfechos y engañados.
Si quisieran podrían matarnos.
A veces,  la tentación de establecer un pacto con un distinto, un hombre. Trata de arrancarme del clan, trata de llevarme con él. El poder del sexo, a veces, no puede ser controlado. Un distinto, a veces, es una tentación muy grande.
Su mundo, su fuerza bruta…traicionar a las madres, traicionar a las hermanas. Ser la elegida por el distinto. Ser joven, deseable…el poder del vientre propio…no entregar al nuevo al clan…una traidora. Una excluida. Una distinta.
Sola. Frío. El hombre se irá.
¿Quién soy sin mis madres-hermanas?

Entonces…
Para mejorar la calidad del encuentro femenino-masculino, necesariamente tenemos que limpiar la manera de vincularnos entre mujeres.
A partir de la caverna, seguimos desarrollando variantes y aparece la bruja, princesa, reina, y demás arquetipos de lo inconciente colectivo. Importante tenerlos en cuenta a la hora de relacionarnos para ver qué o quién nos está poseyendo cuando reaccionamos. Podemos reconocer desde dónde reaccionamos, lo cual no impide que reaccionemos, pero sí que podamos ir más allá de esa reacción para vincularnos desde un lugar más abierto, no desde la proyección, sino desde el corazón.
Tiempo después, más allá de las sociedades tribales, podemos dar un salto y volver al análisis más clásico del triángulo edípico. Allí, la niña luchará con la madre por el amor del padre dicen los libros. Me parece que no se trata de amor en realidad, sino más bien de reconocimiento, ser reconocida en una identidad, en un lugar.
Mientras la niña es una niña, todo más o menos se va organizando en su psiquismo, de manera simbólica, de acuerdo al patrón que la lleva a salir de lo conocido y seguro, de lo igual-materno para ir hacia lo desconocido-distinto-paterno. Un viaje de adentro hacia afuera, con el miedo y ansiedad que ello conlleva. Parece que no hay mucha más ciencia que eso si, en esa familia concreta creadora de una tal hija, nos encontramos con una madre, o principio materno circundante, que no transmita un temor excesivo a la salida, que no tenga en su psiquismo inscripto como altamente peligroso el encuentro con el hombre y con el afuera.
Así las cosas vamos bastante bien. Ahora: ¿qué pasa cuando esta niña comienza a convertirse en mujer? La madre envejece y ella comienza a adquirir los atributos femeninos que la hacen deseable sexualmente en el plano concreto. La hija se convierte literalmente en “la otra” para la madre. De ahí todos los cuentos de hadas donde la bruja entra en competencia con la doncella (Blancanieves, Rapunzel, etc).
Si no quiero ser devorada por la bruja-madre entonces debo someterme a ella y, una vez más, firmar el pacto de lealtad femenina. Sin embargo, nótese que es lo mismo ser devorada por la madre que quedarme enredada en la caverna disfrutando de la erótica pegajosidad con mis hermanas-madres,  así que no podemos hacernos las víctimas cuando nos dejamos devorar. Éste parecería ser un movimiento regresivo delicioso en un punto, que implica la memoria del útero. Entonces, si logro atraer un hombre, no será para irme y salir de la caverna de su mano, será para traerlo al clan femenino, le quitaremos lo que necesitamos de él y seguiremos juntas, unidas, sin conflictos entre nosotras.
El pacto del clan de brujas-amazonas, es extraer del hombre su virilidad para apropiarnos de ella. De ahí el mito de la mujer castradora, fálica. De ahí las sirenas de Ulises, las hadas que embriagan a los hombres y los dejan estúpidos y sin posibilidad alguna de acción. Grupo de mujeres unidas en su erótica y segura igualdad corporal, apropiándose de lo masculino necesario para la continuidad de la existencia, pero sin ingresar al hombre en la ecuación, eso no haría más que romper la unidad de mujeres. Sería ingresar un principio discriminante a la gozosa simbiosis. Sería acotar con testosterona las conexiones eternas de la oxcitocina.
Entonces, muchas veces, casi todas, lamento decir con náuseas en la boca del estómago, cuando las mujeres seducimos a un hombre, a los hombres, a todos, nos guste el quía en cuestión mucho o nada, en realidad no estamos buscando un vínculo con ese hombre. En realidad estamos tratando de ser miradas y reconocidas, estamos tratando de darnos una identidad discriminada que no tenemos si no es a través de esa mirada. Si un hombre me mira, soy más linda que ella, soy más deseable, entonces soy…porque ella es…Inevitablemente, el lazo energético invisible es con “la otra mujer”. Y la identidad dentro de la simbiosis tiene que estar dada inevitablemente por comparación porque ésta no implica una discriminación clara.
Nuestra identidad está constituida en la simbiosis, no es la identidad diferenciada de cada una, porque justamente, identidad implica diferenciación y diferenciación es el principio masculino. Darnos una identidad diferenciada entonces parece ser de una dificultad enorme. No nos constituimos yoes por cuántos mamuts logramos cazar, o por cuán alto logramos escalar. Somos un solo cuerpo con las otras. Lo que nos saca de ahí es el varón. Su mirada y su reconocimiento. La identidad femenina es determinada por la pertenencia al grupo de mujeres o, en el caso de ser una traidora o de realizar cierta salida al mundo, siempre desde el lugar de la mirada del hombre que autoriza esa identidad.
El varón hace identidad en la cacería. Cuando mata a un mamut tiene una vivencia de ser, de estar en el mundo, de centro. Cuando pelea con otro hombre y objetivamente gana. O hasta si pierde, construye una identidad de perdedor pero de acuerdo a un criterio objetivo, porque es un criterio abstracto acordado entre los hombres.
La identidad de la mujer está dada de manera más lábil, móvil porque el clan de mujeres no tiene criterios acordados objetivados. Depende de la mirada de las otras, cambiante según la posición que se vaya ocupando. Ser la elegida traidora, ser la entregada al clan…Fuera del clan no hay identidad posible, solo la identidad que autoriza el hombre…(en otro ensayo voy a meterme con el tema del padre partiendo desde aquí, pero eso excede el alcance de este escrito)
Otra cuestión entonces es esa del “como si” nos relacionamos con hombres, parece que sí, pero no, no hay encuentro real. Son objetos para mantener algo de la circulación femenina.
En términos de desarrollo de la sexualidad, en este sentido, nos encontramos con una sexualidad infantil. Adolescente como mucho. No es una sexualidad que me lleva a un encuentro con el otro diferente, a una entrega, a un intercambio. Sigue siendo una sexualidad autoerótica, masturbatoria, por eso infantil. Además sigue siendo una sexualidad y un erotismo primario porque al ser femenino es vinculado a la madre. Entonces otra vez, el camino es crecer, madurar, salir del nido enfrentando el miedo a lo desconocido. La fuerza del deseo ganándole a su contracara.
Y allí entonces, si una mujer establece un vínculo con un hombre, salta la manada femenina y dice: “Vení, vení, vení, ¿Adónde te crees que vas?” Por eso van a ir a seducir a ese hombre, para que la otra no se vaya y no abandone la manada, no por el hombre sino por no perderla a ella. Por eso también el movimiento típico de las mujeres de asegurarse el sufrimiento, la insatisfacción permanente… “Los hombres no te pueden satisfacer, vení con nosotras y lloremos juntas…”, y la otra, la que intentó la salida responde: “Claaaro, me quedo con ustedes llorando, ellos no saben nada…”

Ahora pregunto: ¿Podremos mujeres del siglo XXI darnos una identidad a través de otro movimiento?
No la identidad del clan femenino de brujas simbióticas indiferenciadas…ni la identidad de “la mujer de” tal o cual hombre… O la identidad de niña, eterna hija entregada al padre para salir un poco del clan de mujeres (ya expliqué que esta opción será desarrollada en otro escrito, no me da para tanto el psiquismo hoy!)…No la identidad de la que toma mate en la peluquería y se regodea en sus eternas insatisfacciones con respecto al otro dentro del círculo de amigas (a ver si de pronto un día es feliz y se queda sin nada de qué hablar)…
¿Podremos darnos un yo lo suficientemente firme y flexible para prescindir de las comparaciones? ¿Establecer un vínculo con una mujer bella e interesante que no incluya la comparación?: “¿Es interesante ella pero… yo lo seré más?...A ver, si me mira ese hombre significa que sí…Sino no…” y entonces me derrumbo psíquicamente.
¿Podremos algún día mirar a otra mujer, una mujer hermosa, más que nosotras mismas desde los cánones de belleza programados, y en lugar de pensar “que hija de puta, porque no la matan”, contemplarla con la misma emoción que contemplamos una hermosa flor o un atardecer, como una hermosa creación de la vida?
¿Podremos escuchar alguna vez al hombre con quien estamos compartiendo cierta etapa de nuestra vida elogiar a otra mujer y no sentir que se nos estruja el plexo, que se nos despierta la fiera asesina que quiere matar a esa mujer aunque sea nuestra mejor amiga y cortarle el miembro a ese por atreverse a hablar de alguien más?
Otra vez más el cardíaco y el entrenamiento en modular la reacción. Escuchar, respirar hondo, sostener el impulso de la reacción asesina loca. Evitamos una escena de gritos y escándalo, la consabida escena de celos y no queda otra, esa energía sostenida se eleva hacia el cardíaco y nos vuelve más amorosas, en otros términos, menos neuróticas. (Claro que siempre reconociendo la existencia de ese impulso, no reprimiendo y negando. Hacerse “la cool” tampoco funciona. Ya lo he intentado.)
Y desde ahí, sólo desde ahí, se podría establecer un vínculo genuino con un hombre. No porque él con su mirada es el garante de mi identidad, no porque me confirma diciéndome que soy mejor que las otras, más linda, más inteligente, más divertida…
Estoy cansada, de hecho, estoy dolida, al ver que seguimos funcionando así.
La histeria femenina, la eterna insatisfacción en el vínculo con el hombre y la competencia con la otra mujer, es el resultado de no romper el pacto, de no salir de la cueva, de quedarse en el lugar seguro y conocido donde todas somos una, iguales y ellos, los distintos, son entretenidos por un momento, son novedosos, huelen bien…pero… nos dan miedo.
Entonces, vuelvo a mi pregunta, ahora planteada con menos neutralidad: ¿por qué es tan difícil para una mujer el encuentro con el principio masculino? (No estoy hablando ahora sólo de hombres y mujeres, sino del desarrollo del principio masculino interno a toda mujer)
Porque nos asusta.
Porque es nuevo y distinto.
Establecer un vínculo con un hombre (en el mundo externo concreto y en el interior del psiquismo, no puedo dejar de aclarar que igual es lo mismo) no con un garante de cierta identidad, es aterrador. Reconozcámoslo. Es distinto. Es diferente. Es un misterio. Me lleva a salir de la cueva. Me lleva a separarme de mamá y las chicas. Me lleva a recorrer lugares lejanos, diferentes, desconocidos (lugares desconocidos de mi misma) y me da vértigo.
Porque el mundo de lo femenino tiene un placer secreto y seguro que temo perder, no debo traicionar a mis iguales, corro peligro. Necesito mi seguro y conocido lugar-cueva-envoltorio-burbuja-coraza-neurosis.
A lo masculino no lo entiendo. No sé cómo funciona, como piensa, que quiere, que va a hacer, si se va a quedar, si se va a ir, si me va a tratar bien o mal, adónde me va a llevar, adónde voy a ir a parar, en qué me voy a convertir, quién carajo soy…
Y si igual no somos nada, de que nos preocupamos tanto.
Tal vez solo tiene algo de sentido ocuparnos por encontrarnos de verdad. Y encontrarse de verdad no es ni simbiosis ni soledad. Como siempre, como todo doble vínculo, no se resuelve eligiendo uno de los dos caminos que se ven como posibles. Solo se resuelve sosteniendo la tensión entre ambas partes a fin de que algo nuevo se produzca allí, la famosa salida creativa, la famosa subida en espiral, la famosa no sé qué…porque sólo se resuelve en el vínculo.
En los vínculos entre mujeres, esforzándonos por discriminar en la simbiosis. Por poner palabras a lo que nunca decimos, a nuestros pactos tan efectivos porque son silenciosos.
En los vínculos entre hombres y mujeres, trabajando para limpiar los miedos.
Estamos ante un doble vínculo. La respuesta no es ni quedarse adentro ni salir y alejarse.
La mujer de la cueva no sale de la cueva. Le contesto a un varón que me preguntó al leer estas líneas.
La que sale de la cueva y puede volver a entrar, ir, venir y volver, es otra mujer.
En un intento por darle vida a esa otra mujer estoy escribiendo esto, sintiendo que son unas líneas más de una conversación humana que existe y tiene que existir. La eterna conversación entre los principios diferenciados pero indivisibles femenino y masculino.











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