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El Universo no es un lugar.


Cuando me siento a escribir lo siguiente, parto de la idea de que el planeta Tierra es una entidad inteligente que, a través de milenios de evolución, ha generado una innumerable variedad de formas que denominamos vida. Por supuesto que, complejizando la mirada, observamos que La Tierra no está aislada como entidad, sino que forma parte o, mejor dicho, surge, emerge, de un sistema más amplio y complejo que la contiene. Este sistema, como todos los sistemas, está compuesto por diferentes piezas interrelacionadas, más aún, imbricadas íntimamente, es decir, que la existencia de cada una implica la existencia de la anterior necesariamente. La Tierra no sería la Tierra sin el Sol, sin la Luna, sin el resto de las entidades del sistema en las que cada uno cumple una función. Así, vemos como la interrelación, el vínculo entre formas o entidades, es el fundamento de la existencia. Pensar el Universo como un conjunto de entidades separadas, que nada tienen que ver la una con la otra, es una falacia grave.
Pues bien, los seres humanos, como sustancia emergente del planeta Tierra, somos también sustancia emergente de la galaxia. ¿Por qué entonces tendemos a pensar que entre nosotros y las estrellas no habría relación alguna? Así como el ser humano no sería tal sin el oxígeno, el agua, la tierra que pisa y que lo alimenta, así como el ser humano es absolutamente indivisible de lo que respira, come, bebe y luego crea, ¿por qué seguimos pensando que las estrellas son lejanas luces que sólo sirven para iluminarnos?
El Universo no es un lugar. No es un espacio que se construyó para que nosotros lo habitemos. El Universo es energía y sustancia que ha producido vida y nosotros somos parte de esa producción. Las estrellas estaban mucho antes de que nosotros apareciéramos como resultado de la interacción entre la Tierra y el Sol. Entonces, como nos muestra la Astrología, no tiene nada de descabellado pensar que humanos y estrellas estamos mutuamente imbricados, que somos dos lógicas vitales implicadas y que poseemos una estructura isomórfica.
En la base de esta lógica que planteamos, no debemos olvidar que el Universo es en primera instancia energía y la energía es vibración. De acuerdo a la velocidad de la vibración se crean campos energéticos de diferente intensidad de carga. Cuanto más densa es la carga, cuanto menor es la velocidad de la vibración, aparece la materia. Así, la materia es un plano de la energía.
La Tierra entonces, tiene una determinada vibración energética que posibilita la emergencia de cuerpos, de tejido vivo y sensible, mientras las Estrellas tendrán otras cualidades vibratorias.
La materia, el cuerpo, energía en baja velocidad de vibración mantiene, por ello, una forma más o menos estable, tendiendo a cerrarse a la captación de energías más sutiles a fin de mantener determinadas formas, que han sido necesarias para la evolución humana, en nichos protectores. Sin embargo, la cualidad vibratoria de las Estrellas, entidades que se autocombustionan para generar energía que entregan al cosmos, es sutil y poderosa y está implicada en nuestros cuerpos aunque no podamos percibirlo.

Abrirse al contacto perceptivo de vibración de las estrellas en nuestros cuerpos implica abrirse a sentir esa energía sutil, poderosa y de altísima vibración.
El punto central es que el encuentro entre diferentes niveles de carga de energía produce choques, conmociones, de hecho, el rechazo que suponemos ha producido por milenios en los hombres que hemos debido protegernos de la intensidad de esa vibración generando cuerpos tensos y nidos cerrados.
La vivencia en el cuerpo de la hipervincularidad que es el Universo, es difícil de tolerar. Sentimos que el sistema no nos alcanza para decodificar la información que nos recorre como un shock eléctrico cuando hacemos contacto con la certeza corporal de que TODO está conectado, de que TODO es una unidad indivisible que se va desarrollando interdependientemente. De que lo que llamo MI cuerpo no es más que una suerte de célula entretejida con infinitas células que responden a un orden que desconocemos.
La célula con consciencia no puede evitar el vómito al saberse célula. Al saber que su consciencia es sólo un producto más de la creación que le posibilita, a la creación misma, verse.
El cerebro humano entonces, la más sutil evolución de la Tierra hasta ahora,  es la forma en que el Universo todo toma consciencia de sí mismo, es el espejo de las estrellas y viceversa.
Así el Universo se nos presenta como un incesante flujo de energía en diferentes planos, organizada de acuerdo a las diferencias de carga que constituyen, en esas asimentrías, corrientes de información, en forma de ríos, ramas, redes, tejido. El cerebro humano sería ni más ni menos que un fractal de ese tejido, red de información que es, a su vez, canal de circulación de la información Universal. 
El paradigma de la red, es el de la hipervincularidad, del entretejido inevitable que somos. Tal vez, a esta altura de la evolución planetaria,  la necedad de intentar recortarnos como entidades aisladas ya no debería ser una necesidad, tal vez nuestros cuerpos ya podrían estar listos para abrirse sin temor a la hipervincularidad. Y esa hipervincularidad es Amor. Energía de alta vibración que constituye la red de la cual se desprende la vida.
¿Podemos los humanos hoy abrirnos a esa energía, ser canales para la energía del amor, de la hipervincularidad a la Tierra?  ¿Están preparados nuestros cuerpos para sentir al Universo adentro? ¿O seguiremos defendiéndonos de sentir la desorganizante energía amorosa encerrándonos en nuestras corazas caracterológicas, neuróticas, sostenedoras de los conflictos vinculares, los dramas eternos de las manadas humanas?
¿Qué tememos?
Dejar de ser lo que somos, enloquecer, morir, lastimarnos los unos a los otros…Si pudiéramos confiar en que ese Amor, que esa interdependencia y conexión de todo lo que existe es un Orden y que el Orden lo acomoda todo sin necesidad de que un insignificante humano haga ningún esfuerzo más que tratar de SENTIR al “todo” en el cuerpo y permitir la expresión de esa potencia.

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